lunes, 23 de abril de 2012

La vida finita

Aferrarse a la vida es uno de nuestros primeros instintos, nos aferramos desafiando a la muerte, sin caer en la cuenta que en realidad todo lo que empieza acaba, todo lo que tiene un principio tiene un fin.

Vivimos soberbiamente creyendo que la muerte no nos tocará, negandos todo el tiempo su coexistencia con la vida y nos olvidamos que simplemente somos seres impermanentes en este universo.

Lo peor del caso es que ni siquiera vivimos, es decir, no le sacamos provecho a la vida, y con esto no me refiero al provecho de las cosas materiales, sino al hecho de apreciar la vida que nos rodea, el hecho de respirar y sentir el aire en los pulmones, el hecho de poder oler el aroma de una rosa o de la tierra mojada,  tocar la piel del ser amado y sentir que se despiertan todas las terminaciones nerviosas que se encuentran en la punta de nuestros dedos, o el simple hecho de disfrutar la silueta de una luna llena en todo su apogeo o una puesta de sol en la playa y sentirse pleno de vida.

Cosas pequeñas son las que hacen la vida grande. Cosas que no puede comprar el dinero ni te lo puede regalar nadie porque simplemente son parte de la vida misma, la cual desperdiciamos todo el tiempo buscando "cosas" en vez de "ver y sentir".

Ser conscientes de estar vivos no es una cosa fácil, sobre todo en estos tiempos, cargados de trivialidades e impostores, donde preocuparse es la regla y no la excepción, estar estresado es lo normal, ser dependiente es cómodo y ver la vida por la Tv es la costumbre.

Cuando toca una terrible enfermedad nos entristecemos y los que nos rodean caen en una pesadumbre que termina contagiándonos. Lo irónico es que nos entristecemos y nos afligimos con la idea de dejar esta vida, ésta vida que vivimos como autómatas y no como buenos seres vivientes, por lo que vale preguntarse seriamente si "eso" que llamas vida es realmente vida o sólo existencia, pues pasamos por ella como quien pasa rápidamente por un supermercado comprando lo que necesita para un almuerzo y nos olvidamos de los ingredientes esenciales para todo el mes.

Creo firmemente que cada instante que respiramos es un regalo y por ello hay que estar agradecidos. Me pregunto cómo es que lamentamos morir si nunca hemos intentado vivir, cómo podemos aferrarnos a algo que no tenemos ni conocemos. Pobres tontos, nosotros los humanos que lamentamos una vida que no vivimos.

Dejemos de lamentarnos por todo y empecemos por ser agradecidos todos los días de nuestras vidas para que cuando llegue el final, no nos asalte la amargura de no haber tomado el elixir de la vida y de no padecer de la hipocrecía de no querer desprenderse de algo que nunca valorastes.

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